jueves, 3 de enero de 2008

RiTuAl

La oscuridad tiene sus propias sombras.

El silencio tiene su propia música.


Hay momentos en los que la magia baja al mundo y nos toca el hombro. A veces podemos controlar su aparición con cierto ritual. Yo también tengo el mío propio.

Cuando la magia desciende, deja un polvo dorado enderredor, una especie de brillo irisado. La piel se eriza y los órganos se encojen, escondiéndose dentro de nosotros. Los ojos se empañan ligeramente, provocando una neblina. Y la línea entre sueño y realidad se desvanece por segundos.

La magia existe y está en nosotros. Venga la magia al mundo.


sábado, 22 de diciembre de 2007

ReCaPiTuLaCiOnEs De PeTeRiSa PaN

Cuando era pequeña tenía mucho tiempo para pensar. Es algo que echo profundamente de menos, aunque probablemente el no-pensar me proporcione bien. Desde que me acerqué al límite de ese invento de la mayoría de edad, caigo redonda en la cama y apenas me da tiempo a cerrar los ojos para que mi respiración se vuelva profunda, fuerte y pausada, con ese sonido tan característico que hago mientras duermo. Jamás podré engañar a nadie y decirle "Si estaba despierta..."; también tengo cuidado de saber bien hacerme la dormida. Pero la realidad es esa: si tomo posición horizontal, la cuenta atrás comienza y Morfeo se acerca a mí raudo y veloz preparado para llevarme a surrealistas ensoñaciones.

En cambio, a mis 11 ó 12 años y posteriores, el irse a la cama era un ejercicio de reflexión. Pasaba normalmente más de media hora evaluando paso a paso cada una de mis acciones del día. Era muy introvertida e insegura, así que fácilmente me autoflagelaba por acciones estúpidas y adolescentes. No sólo me evaluaba a mí sino a todo el que me rodeaba, pensaba en cómo influía yo en sus vidas, leía sus gestos, sus expresiones. Pensaba en sus lenguajes, en cómo se relacionaban entre ellos, en lo que significaba en realidad lo que decían o hacían. No lo podía evitar, era irme a la cama y empezar a cavilar. Y todo eso, el día a día, me llevaba también a reflexiones más profundas, en particular a aquello que más respeto me ha producido nunca: el tiempo. Intentaba detenerme en un segundo instantáneo y observaba que su pulso era caduco antes incluso de convertirlo en presente. En la oscuridad de mi habitación, entre las sábanas, sabía que aquello que estaba viendo en ese minúsculo segundo jamás lo volvería a ver igual. Quizá mi retina pudiera formar alguna vez la misma imagen, pero el instante sería ya otro, situado en una posición distinta del cuarto eje de coordenadas.

Del mismo modo pensaba en el significado de la existencia. Era muy extraño observar cómo el yo consistía en una especie de ventana (llamada vista) por el que recibía imágenes. Asimismo
tenía algo conocido como voluntad que influía de un modo u otro en esas imágenes. Si mi voluntad se dirigía hacia mis manos, hacia lo que yo sentía como manos, entonces las imágenes que recibía y que identificaba con mis manos variaban respondiendo a mi voluntad. También afectaba a los sonidos, a las palabras. Al resto. Pero siempre me dió la sensación de que el mundo poco tiene en realidad que ver con lo que yo percibo. Primero, el vértigo enorme y consecuente vacío que experimentaba al darme cuenta de que mi yo era tan sólo un grano de arena del Universo en la escala del tiempo. También el saber que a pesar de que el centro del mundo que conozco es mi yo, ya que es a través del cual recibo la información y el que me deja interactuar con el resto, en poco influía yo a ese mundo que circulaba ajeno a mis emociones y acciones. Llegué incluso a pensar que todo era una farsa (y que conste que lo pensé mucho antes de que existiera Matrix) de la que jamás me enteraría, que quizá mi yo transformaba por completo la realidad hasta el punto de que lo que percibía era un burdo disfraz de lo que existía, que quizá ninguna de mis verdades habían formado nunca parte de la realidad.

Me daba muchísimo miedo olvidar cosas. Me daba cuenta que no recordaba nada de lo que me había pasado cuando era bebé, cuando tenía uno, dos años. Y los pocos recuerdos que guardaba bien podían ser en realidad sueños, imágenes creadas por mi mente que tampoco nunca habían existido. Así llegué a la conclusión de que aquello de lo que no me acordaba no servía para nada, era como si no hubiera existido. Entonces, ¿para qué hacer cosas y existir en el mundo si luego dejan de existir? Tuve una época completamente obsesionada con no olvidar cosas. Apuntaba todo lo que me sucedía. El problema es que siempre he sido muy olvidadiza, nunca me acuerdo de las cosas incluso aunque fueran importantes. Ahora intento pensar que a pesar de que no las recuerde, tienen un efecto permanente en mí, me cambian por dentro para siempre, y me ayudan en el hoy de una forma u otra.

Y por último, a dónde quiero llegar, me di cuenta de que un día de repente sin casi darme cuenta y habiendo olvidado casi por completo la transición entre ese momento de reflexión y aquél sobre el que reflexiono, tendría 80 años. Mi voluntad afectaría de forma distinta mis acciones. La imagen que me devolvería el espejo sería completamente diferente, y lo más triste es que ese cambio habría sido tan lento y pausado que en contados instantes habría sido consciente de él. Como despertando de repente, mi vida habría pasado de forma más o menos insulsa, poco me quedaría que hacer. La realidad apenas llegaría a mí, mi camino se terminaría, mi vida habría quedado obsoleta, y sólo me quedaría esperar a morir.

Ahí es cuando en la oscura habitación y al abrigo de mis sábanas lloraba desconsolada, intentando no hacer ruido. En ese momento, era absoluta y plenamente consciente de que moriría, de que no volvería a existir, no existirían imágenes de vuelta, no existiría nada, no sentiría nada, no estaría en ningún sitio, no habría ventana ni percepción. Ni reflexiones en las sábanas. Dejaría de estar en el mundo. Y el mundo dejaría entonces de existir, porque si el mundo existe es porque yo lo veo. La obra sería inconclusa porque una vez yo no lo percibo de poco me vale que nadie continúe ningún camino. Sencillamente todo se acabaría.

En el mejor de los casos, el Universo no existe sólo por mí sino que yo tan sólo soy una de las partes que lo conforman, y entonces seguiría existiendo con otros entes y voluntades que lo observan desde sus ventanas y que influyen en su derredor. Pero en ese caso me daba en cuenta de mi pequeñez en el mundo, de mi poca importancia y de hasta qué punto había tenido una existencia corta y completamente insignificante.

En cualquier caso, la vida se me habría resbalado entre los dedos cual granos de arena. Siguiera el camino que siguiera llegaría a ese punto de vejez de repente, tal y como ayer llegué a los 22 años, olvidando muchos momentos por el camino, y por tanto desechándolos del mundo, de la realidad, del yo. Jamás volvería a sentir niñez, adolescencia, juventud, madurez, energía. Daría igual si mucha o poca gente iría a mi entierro, aunque me confortara imaginar grandes pesares tras mi existencia. De todos modos ya no existiría nada, ni mi propia ausencia.

Cuando pienso acostumbro a hablar sola, en el sentido de que mis pensamientos más que apuntes dispersos en mi mente aparecen a lo largo de un diálogo conmigo misma. No es necesario que hable en voz alta, pero sin quererlo voy encadenándolos en una reflexión. Hace relativamente poco, menos de un año, me llamé a mí misma “adolescente”. Fue un impulso, reflexionaba sobre una estupidez que había cometido, e intentaba excusarme en que, al fin y al cabo, soy una adolescente. Paré en seco y pensé que no, que no era una adolescente, ya no. Ahora soy joven, universitaria, pero no adolescente. Había dejado atrás esa etapa y apenas me había dado cuenta. Fui consciente de que los últimos cinco años parecían pasados de golpe, como en un tropezón tonto. ¿Realmente he dejado de serlo, realmente han pasado todos esos años? El futuro será igual: un día me daré cuenta de que ya no, ya no hay vida, sólo espera a la muerte, y luego ya la nada.

No es un secreto que los cumpleaños me depriman. Duele pensar que ninguno de mis actos permanecerán nunca más a etapas pasadas de mi vida. Que si algún día llega la marca que pare el tiempo ya no será a los 21, ni a los 20, ni a los 19… Tan sólo de los 22 en adelante. Y luego de los 23. Y más tarde me enfrentaré a la realidad y tendré que abortar mis planes, porque no tendrán cabida en mi vida. No podré ser la persona que quería ser. O la persona con las cosas que quería hacer. Nunca podré hablar de un gran amor adolescente, no lo sentiré con esa intensidad. Y puede que llegue de otro millón de formas, pero no de esa. La isa que era hace unos años no habrá vivido en Paris, ni hablará el lenguaje sin palabras, ni habrá jugado a no ser. Quizá lo sea la de ahora o la de después, pero nunca más la de antes. Y quizá esa pobre isa sí que quería hacer todas esas cosas. Todo eso me sumerge sin quererlo, y quizá sin razón suficiente, en una profunda pena.

No sé lo que seré mañana. No sé cuántos pasos más me serán permitidos dar. Sólo sé lo que soy hoy, sé que lo que quiero hacer y sé que no puedo confiar en el mañana, porque el tiempo es traicionero y procura brindarnos sorpresas desagradables. El equilibrio, el Ying-Yang, somos yo y el mundo, yo haciendo planes y él tramando para romperlos. Él alejándome de mi gente. Él alejándome de mi juventud y ganas. De mis seguridades. Él cambiándolo todo. Él robando vidas y sueños. Y yo volviendo a construir una y otra vez.

Hoy tengo 22 años. Ya no escribiré nada más con menos vida que eso. Y no es sólo una casilla a rellenar en un formulario. También es la pérdida de todos los infinitésimos de segundo que conformaban esos 22 años de existencia. De todos esos lugares que visité y no recuerdo. De toda la gente que me crucé y no me volví a mirar. Es la marca de todo lo que he perdido y del tiempo que se me ha robado. Es la certeza de que la nada, el fin, está segundo a segundo, latido a latido, más cerca de mí.

domingo, 16 de diciembre de 2007

CaRtA dE nAvIdAd

Son extrañas las sensaciones, las añoranzas, los caminos. Son extraños los puntos que recorremos uno a uno durante nuestra vida, sorprendiéndonos nosotros mismos por cosas que quizá deberíamos haber pasado hace tiempo. Es extraño cómo luchamos para ser nosotros mismos cuando el único obstáculo que encuentro está en mí. Yo soy la que me interpongo entre lo que quiero ser y lo que soy. Yo soy la que toma la decisión. Yo soy la que extraño lo que no tengo o la que se siente vacía. Mi voluntad maneja cada uno de mis actos, y sería cínica si lo negara. Indudablemente existen miles de cosas que me rodean y me afectan, e incluso las tengo en cuenta. Pero en el último instante, la última respiración, el camino; todo eso corre tan sólo de mi cuenta.


Por eso este año no hay carta a los Reyes. Este año me escribo una carta a mí misma, y me digo:


Déjame ser yo. Déjame ser la que quiero ser en cada momento. Déjame no volver a ahogar una risa o hacerla sonar hueca y vacía. Déjame convertirme en Lolita, en Robinson, en Ché, en Vega, en Einstein, en Ende, en todo lo que me inspira en el momento de inspiración. Déjame bailar sin buscar coordinación, déjame mezclar todo lo que toca mis manos. Déjame revelar secretos inconfensables. Déjame jugar una vez más. Déjame pintarme la boca muy roja y los ojos muy negros. Déjame esconderme bajo mi ropa. Déjame enseñar tan sólo lo que me apetezca enseñar. Déjame arrepentirme una vez más, pero sin culpabilidades por favor. Déjame comprometerme y cumplir; pero también déjame la espontaneidad. Déjame echar a perder, déjame dejar cosas para mañana, déjame dejar de pensar en mañana. Déjame quemar la agenda, déjame sorprenderme. Déjame conocer. Déjame quedarme en la cama con ojos legañosos y arrebujarme en mis sábanas.


Quiero ser yo toda mi vida.

lunes, 3 de diciembre de 2007

La PrInCeSa

Había una vez una princesa encerrada en una torre. Su amado príncipe del Reino Lejano, con su peculiar acento extranjero, estaba lejos y jamás podría llegar a rescatarla, arriba en la fría y lúgubre torre.

Se había sentado con sus padres los reyes, lo había hablado, lo había gritado, había pasado, lo había intentado de nuevo. Lo único que consiguió fue ser encerrada en lo alto de la torre, bajo siete malignas llaves mentales y junto a su dama de confianza.

La princesa cogió el cuento y lo cerró de golpe, ya está bien de falsos finales felices y demás payasadas.


La princesa, sin torre ni castillo pero en su habitación llena y desordenada, subió el volumen de su minicadena a tope y empezó a seguir el rítmico bombardeo de notas con su cabeza, con gesto fiero y tenaz. Bum, bum, bum, bum. Cogió su mochila y empezó a llenarla de cosas, cosas que le servirían en su nuevo mundo, sus amuletos, sus fotos, su cuento favorito, los colgantes, un par de camisetas, mudas, dinero, relojes, bolígrafos y un cuadernillo para escribir... y miles de besos que repartir en libertad. Bum, bum, bum, bum... es el ritmo del camino. Bum, bum, bum, bum... me acerco a la libertad. Bum, bum, bum, bum... lejos, lejos, lejos, lejos.... muy lejos... lejos de aquí...

Paró en seco y notó que su respiración se aceleraba, que su corazón galopaba ya lejos en otros vientos, que la vista se le emborronaba. Estaba drogada. Miró a sus manos que aún temblaban y escuchó los repiqueteantes latidos en sus sienes. Bum, bum, bum, bum. Se dejó caer en la cama.

"¿Qué estoy haciendo...? ¿Qué coño estoy haciendo?"

Bum, bum, bum, bum. Nuevas músicas, nuevos ritmos, nuevas ilusiones, nuevas fronteras, nuevos destinos, nuevas miradas... Bum, bum, bum, bum. El caballo que galopa en su pecho apenas la deja respirar. Bum, bum, bum, bum.

Mientras su respiración se tranquilizaba miró al techo. Por un momento no pensó en nada. Luego fijó la vista en las marcas del yeso e imaginó pequeñas figuras, como cuando era pequeña.

Se incorporó y se sentó en la cama. Y empezó a sacar cuidadosamente, con delicadeza, como si de importantes y frágiles obras de arte se tratara, cada uno de los mágicos enseres que se pensaron destinados a otro mundo, devolviéndolos exactamente al sitio de dónde los había sacado.

Se abrió la puerta de golpe y su pequeña confidente, la dama de confianza encerrada en su torre, miró el panorama preguntándose qué hacer. La princesa disimuló las lágrimas mientras colocaba el último de sus objetos, y se volvió hacia su amiga.

- No me voy. Me quedo. A luchar desde dentro. A derribar una a una las piedras de nuestra torre.

Y a pesar de todo, la pequeña dama entendió o hizo como si entendiera. Apagó la música, cogió la mano de la princesa, y juntas se echaron en la cama a mirar las figuras que el viejo gotelé dibujaba sin querer. Porque si bien no estaban fuera bajo el ardiente sol, su ventana sí que dejaba entrar pequeños destellos de libertad.




Te lo dedico, pringada.



martes, 27 de noviembre de 2007

SaN aLbErTo MaGnO pAtRóN dE cIeNcIaS

Nacido en Baviera en 1206 y fallecido en Colonia en 1280 (alemán pues), fue un destacado teólogo, filósofo y hombre de ciencia.

El conocimiento de la ciencia física de Alberto era considerado increíblemente certero para la época en la que fue expuesto. Su trabajo en cada rama fue genial, aunque se encuentra en su sistema "huecos" característicos de la filosofía académica.

En los siglos posteriores a su muerte, muchas historias mostraban a Alberto como alquimista y mago. En sus tratados sobre química, escribió sobre alquimia, metales y materiales. Creía que las piedras ocultaban propiedades. De todos modos, existen escasas evidencias de que él mismo realizara experimentos de alquimia. La mayor parte de esta confusión surge de que trabajos posteriores, particularmente el trabajo de alquimia conocido como "El Secreto Alberto" o "El Experimento Alberto", fueran falsamente atribuidos a Alberto por los autores para así aumentar el prestigio de los textos por asociación (pero qué pillines...).

Según la leyenda, se dice que Alberto descubrió la piedra filosofal y la pasó a su pupilo Tomás de Aquino, poco antes de su muerte (ni Harry Petas ni leches). En sus escritos Magno no confirma que descubriera la piedra, pero dice que fue testigo de la creación de oro mediante "transmutación". Teniendo en cuenta que Tomás de Aquino murió seis años antes que Alberto Magno, la leyenda se vuelve poco probable.

En cualquier caso, es verdad que Alberto estaba profundamente interesado en astrología. Mientras para nosotros algo así parecería pura superstición, en la alta Edad Media pocos intelectuales, si no ninguno, cuestionaban las básicas suposiciones de la astrología: los humanos viven en una maraña de influencias celestiales que afectan a nuestro cuerpo, y por tanto nos motivan a comportarnos de un determinado modo (en plan hombres lobos y menstruaciones pero un poco más general). De ahí nació la idea de que mediante la astrología sea posible leer el futuro de las personas. Alberto convirtió en ésta el componente central de su sistema filosófico, argumentando que entender las influencias del cielo hacia nosotros podría ayudarnos a vivir nuestras vidas de forma más acorde a los preceptos Cristianos (¡¡¡aaaaans!!! ¡¡por eso lo de hacerle santo...!!! Vale, vale, ya me lo estaba preguntando...). Esta idea se recoge de forma comprensiva en su trabajo "Speculum astronomiae", aunque sus creencias pueden encontrarse en prácticamente todo lo que escribió.

Como curiosidad, también se dedicó a la música. La mayor parte de lo que escribió sobre música es en relación a las Poesias de Aristóteles. Magnó rechazó la idea de la "música de esferas" como ridículas: el movimiento de los cuerpos astrónomos, supuso, es incapaz de generar ningún sonido. También escribió mucho sobre música y los tres distintos niveles subjetivos en los que los tonos trabajaban en la mente humana: purgando lo impuro; iluminación de importante contemplación; y nutritiva percepción por contemplación (mira, otro motivo para el tema santoral). De particular interés para las teorías de la música del siglo 20 es la atención que puso al silencio como íntegra parte de la música.




Hasta aquí la lección de hoy :D.

lunes, 19 de noviembre de 2007

No EsTÁ

Todos lo hemos hecho alguna vez, ¿verdad? Acercarnos al espejo lentamente, y ver cómo nuestras lágrimas resbalan por la mejilla. Ver de frente los ojos hinchados y la boca torcida. Observar la pena que nos conmueve desde fuera, casi como masocas, extasiados en nuestra propia tristeza.

Todos hemos sentido esa necesidad de tener algo que contar. Pero no nos damos cuenta de que en realidad lo que verdaderamente queremos es tener alguien a quien contárselo. Ése que nos transmita calor de poro a poro de la piel, alguien que se ahogue en nuestras pequeñas y rácanas lágrimas, que nos susurre desentonadas canciones, que nos mire como si fuéramos lo que ha estado esperando toda su vida.

Puede que tengamos a ese alguien, puede que haya ya una historia, que conozcamos su cara y su pelo, el tacto de sus labios y las arrugas de su rostro. Pero hay momentos en los que te miras al espejo bañada en lágrimas, y él simplemente no está.

También puede que jamás lo hayamos visto, que nos asomemos a la ventana preguntando cuándo aparecerá, que imaginemos pausadamente el momento, la primera frase, el primer beso, el primer sexo y la primera discusión. Nos convertimos entonces en guionistas escogiendo frases y finales felices. Pero aún así te miras al espejo inundada en tu tristeza, y él simplemente no está.

Hoy le necesito. Y no está.

SeNtIdOs II

Aquí viene la segunda parte.


[...]
Vuelvo a estar en la habitación. A pesar de no oír nada, sigo sabiendo que están esperando alrededor de mí. Pero ya no me preocupa, he elegido.

Mientras tenga tacto bucearé entre colores, los sonidos vibrarán sobre mí, los sabores dejarán marcas en mi piel, y abrazaré las historias que el olor transporta en el viento.

No necesito decirlo en voz alta, ellos lo saben y se acercan hacia mí. Por fin el círculo de luz me deja ver, oír, oler, y sentirles por última vez.