miércoles, 27 de febrero de 2008

SeRpIeNtE

Cerró los ojos y con los hombros pesados y flojos dejó resbalar los pantalones por sus piernas. Agarró la camiseta por el dobladillo inferior, y tiró hacia arriba hasta que pasó por su cabeza, desbaratando el recogido. Rizos anárquicos y sucios ocuparon en tropel nuca y espalda, acariciando con suavidad la piel e impregnándose de su grasa. Mechones más cortos y rectos ocultaron una mirada vacía y panda que, cansada de buscar el infinito, se conformaba con el cero absoluto.

Elevó la rodilla hasta que su pie superó el pulcro borde de la bañera. El blanco mármol reflejaba parcialmente la luz blanca de los halógenos del techo. Sin embargo, un aire sucio dominaba el ambiente. La yema de su pulgar rozó la superficie del agua tibia, y dejó que tras él se sumergiera todo el cuerpo.

Sentada en la bañera y con la cabeza gacha, observó en silencio sus pechos, su abdomen, su sexo, sus rodillas. Su piel lechosa brillaba impregnada de una aceitosa sustancia que la cubría cual larga capa. Apretó la esponja en su mano, dejó caer el gelatinoso y verde jabón sobre ella, y lenta pero fuertemente, frotó poro a poro cada trozo de su piel. Empezó desde su mano izquierda, el brazo, el hombro, el busto, las piernas y los pies. Frotaba y frotaba con fuerza y tesón, apretando los dientes, irritando la piel, tratando de desprender aquello que la rodeaba, que la cubría, que la asfixiaba, esa grasa pestilente pegada a su piel.

Soltó la esponja y se miró. Su respiración profunda y nerviosa la ahogaba. Su pecho subía y bajaba, rojo como el resto de su piel. Trirreinato de tres colores: blanco, rojo y gris. Pero la pringosa lámina seguía cubriéndola por completo. Entonces miró en derredor y encontró, apoyada sobre el borde de la bañera, una sucia cuchilla de afeitar. La tomó con cuidado y la acercó para así, observando su simple mecanismo. Consiguió manipularla hasta que el esqueleto de plástico azul cayó al lado suyo en la bañera. La metálica cuchilla vieja y con primeros repiques de óxido apenas devolvía ya brillo, y sin embargo iluminó su alma por un instante. Encogió sus piernas y sujetó con su mano izquierda el pie contrario. El flequillo ocultaba sus ojos, pero la dejaba ver. Ver como su mano derecha, traicionada por un mal pulso, acercaba cruzada la hojilla hasta el dedo gordo. Con miedo y fuerza, realizó un corte recto paralelo al borde superior de la uña. No pudo evitar morderse la lengua cuando, entre punzadas de dolor, la primera gota de sangre brotó. Apoyó la hojilla de nuevo en el borde de la bañera, y con ambas manos sujetó con firmeza cada uno de los pliegues que surgían de la nueva herida. Fue la tercera lágrima la que le animó a tirar, tirar con fuerza de cada trozo.

Lentamente y envuelta en su propio grito de horror separó piel de carne, despellejó desde el primer dedo el resto del pie, subió por el tobillo y llegó a la rodilla. El agua se tiñó de rojo, su carne fresca y viva sentía el aire del derredor, el agua la quemaba. Sin apenas controlar sus movimientos por los sollozos y los temblores, realizó un corte similar en el pie izquierdo, y desgarró esta vez de un tirón hasta su ingle y su sexo. Cuando consiguió unir ambas pieles, siguió tirando hasta las nalgas, el vientre y el pecho, para cruzar sus brazos por delante y seguir tirando hasta que la piel se le desprendió de las axilas, de los codos, de las puntas de los dedos. Una vez sus manos fueron liberadas, agarró como pudo los restos de piel y tiró, por última vez, rápidamente hacia arriba. El cuello, la cara y el cuero cabelludo se desprendieron de sus músculos, y todo lo que había sido su piel formó una realidad aparte, mezclada con sangre y formando una masa al lado, en los azulejos del suelo.

Su cuerpo rojo ardiente inspiraba y expiraba con músculos contrayéndose a lo largo de su ser. Sus ojos ya sin párpados apenas podían creer lo que veían. Su boca sin labios dibujó como pudo una sonrisa.

Por fin había conseguido desprenderse de aquella horrible sensación de fracaso.


miércoles, 23 de enero de 2008

DrOgA


- Un chute más...

María le contemplaba mordiéndose el labio y con los ojos pidiendo condescendencia. Su pie repiqueteaba el suelo sin ritmo ni concierto, intentando distraer la mente del mono.

El mono, María lo temía más que a la muerte, más que a la penuria, más que a cualquier castigo o peligro. El mono la obligaba a verse en el espejo con ojos monstruosos y un color cetrino en la piel. Y cuando el mono llegaba, no podía pensar en otra cosa que en eliminarlo, en echarlo, en hacerlo desaparecer, su corazón se aceleraba y su alma escapaba a otra esfera. Se convertía en una ánima de su droga, recorriendo el monte en busca de algo que al consuele. Como el conde buscando el lazo rojo, no vivía sino buscaba, buscaba el éxtasis.

¿Cómo explicarlo? Sabía lo que había perdido por ella, se daba cuenta de las cosas a las que se había visto obligada a dar la espalda. Pero no podía evitar sonreir cuando la dosis aparecía enfrente de ella. Porque sabía que iba a volver a encontrarse, que iba a volver a controlar el mundo, a sentirse ella misma, a encontrar su sitio.

Dolía y dolía pero esa momentánea ausencia de dolor era tan hermosa. Si hubiera tenido una hija la hubiera llamado como ella. Porque la liberaba de la mierda de mundo y la llevaba a otro más bello.

La Física es un mundo oscuro y tenebroso, pero a ella le llevaba a lo más alto.


lunes, 21 de enero de 2008

OuT oF rEaCh

Es extraña la ausencia que provoca lo ajeno, lo que está tan lejos rozando el infinito. La burbuja de metálicos reflejos estalló en millones de moléculas y se evaporizó ante mis ojos. ¡Estúpida! Jamás debí pincharla con el dedo...



La pequeña niña era demasiado pequeña para alcanzar cualquier cosa excepto las cosas pequeñas. No podía subirse a ningún taburete ni sentarse en ninguna mesa. No podía ir sola a comprar y pasaba verdaderos apuros en las calles abarrotadas. Cada vez que su menudo cuerpo obstaculizaba a sus deseos hinchaba los carrillos y refunfuñaba sobre su estatura con la mirada baja y la voz enrabietada, cruzando sus cortos brazos sobre el pecho.

Jamás se acostumbraría a ello, pero era diminuta, minúscula, enana. A medida que pasaban los años crecía su enanez, encogiéndose y empequeñeciendo. Cada vez alcanzaba menos a las baldas de su armario, era muy difícil encontrar ropa de su talla, cocinar, poner un CD o usar el baño se hacían tareas más y más complicadas. Llegó a un extremo en el que había que prestar atención de no pisarla o hacerla daño. Y la pobre niña no dejaba de cruzar los brazos en su pecho y quejarse, ¡si sólo fuera un poco más grande!

¡Tonta...! No vió que para ella se reservaban las cosas más especiales...


martes, 15 de enero de 2008

ApOcAlYpTiCa - EpiLOgUe

Toda una vida intentando descubrirme...

Segundo a segundo, instante tras instante, escondido tras una leve cortina escudriñas hasta el más ínfimo movimiento que genero. Toda una vida conectando uno a uno los detalles.

No se unen, ¿no lo ves? No pertenecen a un sólo puzzle. Son mezcla de gritos y suspiros, de violencia, de descontrol, de carcajadas inconexas... No llevan a nada ni marcan ningún camino, sencillamente aparecen y se van sin dejar apenas marcas.

¿De verdad no lo entiendes? ¡Estoy loca! Estoy loca...

Ahora sí, ¿ves? Ahora empiezas a comprender. El magnetismo que brota de tu pecho, la gente alrededor, las noches sin luna y los voraces folios en blanco. Los hombres grises existen, y ya no son tan fáciles de reconocer, ya no sólo llevan maletines y cigarrillos. Hay que huir de ellos, no puedes dejar que te atrapen, no hoy, nunca en este momento, me pertenecen cada uno de mis ahoras.

Estoy loca, siempre lo he estado. ¡Todos lo estamos! Pero yo lo supe desde el principio, ya no me sorprendo, no lucho por disimular. Estoy loca y ya está.

Estoy loca ó estoy loca por ti, lo mismo da.

Sí, me vuelves loca, loca de remate.

Quizás entonces fueras tú el loco... Quién sabe.


viernes, 4 de enero de 2008

BuZóN dE vOz

Mierda, nunca me ha gustado hablar por estos cacharros... ¿Quién pone hoy en día el buzón de voz? En fin, bueno, te llamaba para charlar. Bueno, tengo algo que contarte. Mira, casi que te lo dejo grabado y luego me llamas y me dices que opinas, y charlamos y eso, que estoy un poco rayado... A ver si ahora te vas a rayar tú, no es nada importante así trascendente, o a lo mejor sí, yo qué sé, no sé, ya no se nada, ha sido todo muy rápido. Bueno el caso es que me he casado. Así, de la noche a la mañana, ya sé, y mira que antesdeayer te decía que no había ni una que mereciera dos vistazos, pero yo que sé, han pasado muchas cosas estas 48 horas... Si quieres luego me llamas y te cuento, aunque tampoco hay mucho que contar, fue tal cual así, cuando nos despedimos del portal el otro día la conocí, me metí en el autobús que no era, después del ciego que nos habíamos cogido, y cuando me quise dar cuenta estaba en la otra punta de la ciudad, así que me bajé y busqué otra parada o algo, total que tenía que esperar como 15 minutos y qué quieres que te diga, con el frío que hace yo paso de estar en la calle un rato, así que pa'l bar de enfrente fui a tomar algo caliente a ver si de paso se me pasaba el pedo que casi poto en el bus. Y no sé, resulta que me lié a hablar con uno por ahí de estos acabaos que encuentras a cualquier hora, tío majete, y nos dieron las mil, y le vino a buscar un bombón que se llama Ágatha, con hache intercalada que según ella queda mejor, que es que es alemana, y ná el colega se había agarrado una que iba peor que yo, así que entre Ágatha y yo a llevarle a casa y ya nos liamos allí a hablar, que si la vida esto que si la vida aquéllo, que nos dieron las mil ya y pico, y yo que me engancho de la tía pero claro, Ágatha así con la hache ésa en medio y con novio borracho de barra de bar pues como que no da buena espina, pero la veo así como muy bonita y hablando de todo tío como si fuera una grabadora, no qué bobada una grabadora no, como si fuera un reflejo de mi cabeza o algo, ¿ves? me rayo, bueno de puta madre toda la noche o la mañana o lo que fuera y de repente que llaman fuerte a la puerta, en plan como si la fueran a tirar, ¡y que es la poli, tío! Y Ágatha con cara susto que me calle y que corra, y vamos por ahí por el balcón a colarnos a casa del vecino que el pobre estaría durmiendo tan tranquilo y salimos por el otro lado de la escalera y a todo correr, y la tía se me engancha de la mano y que no me suelta, creo que no he corrido más en mi vida, hay que dejar de fumar, macho, encima después de toda la noche de empalmada, y ya cuando la chica cree que todo bien pues nos metemos en un burguer a meternos un Mac-desayuno o algo de eso y me explica que el pavo de antes, el del bar, que está metido en movidas feas, que esa visita ya se la olían de hace tiempo, y que ella ahí medio alemana pero más bien moldava y papeles nanai, así que como para quedarse a mirar. Yo que ya me olía movidas de esas me daba ya igual, que estaba flipado con la carrera y el acento de la pava y todo, y encima resulta que el borracho ni novio ni ná, amigo de su tío que también anduvo por Madrid, y yo ya haciéndome ilusiones pero bah, no, ya no, ya no pasó nada, nos despedimos y pa' casa y ya. Pero claro yo todo rayao, me dormí ná, un rato, y ya despierto y fui pa'hí a dar una vuelta por el parquecino, que había quedao con el Chema, y después me piré yo sólo a dar una vuelta y adrede o sin querer aparezco en el bar del día anterior, el antro ése, y ahí está Ágatha sola que me dijo que me estaba esperando, yo flipao, y otra vez a hablar a hablar... y ná, nos empezamos a liar y eso y nos piramos del bar a que me enseñe un sitio, lo flipé tío, por detrás del vertedero por ahí una torrecina a la que se puede subir, se ve de un lado toda la ciudad y del otro el bosque, buah increíble, y saca del escote una botellita con un líquido que huele a limón y me dice que me quiere para siempre o no sé qué, total, que yo también enganchadísimo de la pava, te juro que es la hostia, y nos ponemos de rodillas y me hace un círculo en el centro de cada mano con el líquido, y luego en la frente, y luego en los labios y me lo da y yo se lo pongo a ella también, y nos atamos con una cinta roja que saca del bolsillo, y me dice que ya está, que para siempre somos uno o algo así y tío, a lo mejor te parece una gilipollez, pero no fue una tontería, que es de verdad, que yo ya no soy el mismo, que es ella y ya, y pues eso, que ni juez ni ayuntamiento ni iglesia ni cura pero que es ella para siempre, lo estoy flipando hasta yo, no sé que ha pasado en estos dos días pero bueno, no sé, estoy... estoy flipao, que justo con lo del rito ese que estaba amaneciendo y llevamos toda la mañana por ahí juntos viéndolo todo y hablando y bueno, a ver si la conoces porque es la hostia, y bueno, que más o menos es eso lo que ha pasado, que mira que te vas a tirar un ratazo escuchando el rollo que te he metido y probablemente también lo flipes tú conmigo, que no me mojaba ni con una sopa y ahora ahí con Ágatha, que por cierto ya ha salido de la ducha así que mejor te dejo y luego me llamas y quedamos, ¿va? Venga, tío, nos vemos en un rato, ciao...

jueves, 3 de enero de 2008

RiTuAl

La oscuridad tiene sus propias sombras.

El silencio tiene su propia música.


Hay momentos en los que la magia baja al mundo y nos toca el hombro. A veces podemos controlar su aparición con cierto ritual. Yo también tengo el mío propio.

Cuando la magia desciende, deja un polvo dorado enderredor, una especie de brillo irisado. La piel se eriza y los órganos se encojen, escondiéndose dentro de nosotros. Los ojos se empañan ligeramente, provocando una neblina. Y la línea entre sueño y realidad se desvanece por segundos.

La magia existe y está en nosotros. Venga la magia al mundo.


sábado, 22 de diciembre de 2007

ReCaPiTuLaCiOnEs De PeTeRiSa PaN

Cuando era pequeña tenía mucho tiempo para pensar. Es algo que echo profundamente de menos, aunque probablemente el no-pensar me proporcione bien. Desde que me acerqué al límite de ese invento de la mayoría de edad, caigo redonda en la cama y apenas me da tiempo a cerrar los ojos para que mi respiración se vuelva profunda, fuerte y pausada, con ese sonido tan característico que hago mientras duermo. Jamás podré engañar a nadie y decirle "Si estaba despierta..."; también tengo cuidado de saber bien hacerme la dormida. Pero la realidad es esa: si tomo posición horizontal, la cuenta atrás comienza y Morfeo se acerca a mí raudo y veloz preparado para llevarme a surrealistas ensoñaciones.

En cambio, a mis 11 ó 12 años y posteriores, el irse a la cama era un ejercicio de reflexión. Pasaba normalmente más de media hora evaluando paso a paso cada una de mis acciones del día. Era muy introvertida e insegura, así que fácilmente me autoflagelaba por acciones estúpidas y adolescentes. No sólo me evaluaba a mí sino a todo el que me rodeaba, pensaba en cómo influía yo en sus vidas, leía sus gestos, sus expresiones. Pensaba en sus lenguajes, en cómo se relacionaban entre ellos, en lo que significaba en realidad lo que decían o hacían. No lo podía evitar, era irme a la cama y empezar a cavilar. Y todo eso, el día a día, me llevaba también a reflexiones más profundas, en particular a aquello que más respeto me ha producido nunca: el tiempo. Intentaba detenerme en un segundo instantáneo y observaba que su pulso era caduco antes incluso de convertirlo en presente. En la oscuridad de mi habitación, entre las sábanas, sabía que aquello que estaba viendo en ese minúsculo segundo jamás lo volvería a ver igual. Quizá mi retina pudiera formar alguna vez la misma imagen, pero el instante sería ya otro, situado en una posición distinta del cuarto eje de coordenadas.

Del mismo modo pensaba en el significado de la existencia. Era muy extraño observar cómo el yo consistía en una especie de ventana (llamada vista) por el que recibía imágenes. Asimismo
tenía algo conocido como voluntad que influía de un modo u otro en esas imágenes. Si mi voluntad se dirigía hacia mis manos, hacia lo que yo sentía como manos, entonces las imágenes que recibía y que identificaba con mis manos variaban respondiendo a mi voluntad. También afectaba a los sonidos, a las palabras. Al resto. Pero siempre me dió la sensación de que el mundo poco tiene en realidad que ver con lo que yo percibo. Primero, el vértigo enorme y consecuente vacío que experimentaba al darme cuenta de que mi yo era tan sólo un grano de arena del Universo en la escala del tiempo. También el saber que a pesar de que el centro del mundo que conozco es mi yo, ya que es a través del cual recibo la información y el que me deja interactuar con el resto, en poco influía yo a ese mundo que circulaba ajeno a mis emociones y acciones. Llegué incluso a pensar que todo era una farsa (y que conste que lo pensé mucho antes de que existiera Matrix) de la que jamás me enteraría, que quizá mi yo transformaba por completo la realidad hasta el punto de que lo que percibía era un burdo disfraz de lo que existía, que quizá ninguna de mis verdades habían formado nunca parte de la realidad.

Me daba muchísimo miedo olvidar cosas. Me daba cuenta que no recordaba nada de lo que me había pasado cuando era bebé, cuando tenía uno, dos años. Y los pocos recuerdos que guardaba bien podían ser en realidad sueños, imágenes creadas por mi mente que tampoco nunca habían existido. Así llegué a la conclusión de que aquello de lo que no me acordaba no servía para nada, era como si no hubiera existido. Entonces, ¿para qué hacer cosas y existir en el mundo si luego dejan de existir? Tuve una época completamente obsesionada con no olvidar cosas. Apuntaba todo lo que me sucedía. El problema es que siempre he sido muy olvidadiza, nunca me acuerdo de las cosas incluso aunque fueran importantes. Ahora intento pensar que a pesar de que no las recuerde, tienen un efecto permanente en mí, me cambian por dentro para siempre, y me ayudan en el hoy de una forma u otra.

Y por último, a dónde quiero llegar, me di cuenta de que un día de repente sin casi darme cuenta y habiendo olvidado casi por completo la transición entre ese momento de reflexión y aquél sobre el que reflexiono, tendría 80 años. Mi voluntad afectaría de forma distinta mis acciones. La imagen que me devolvería el espejo sería completamente diferente, y lo más triste es que ese cambio habría sido tan lento y pausado que en contados instantes habría sido consciente de él. Como despertando de repente, mi vida habría pasado de forma más o menos insulsa, poco me quedaría que hacer. La realidad apenas llegaría a mí, mi camino se terminaría, mi vida habría quedado obsoleta, y sólo me quedaría esperar a morir.

Ahí es cuando en la oscura habitación y al abrigo de mis sábanas lloraba desconsolada, intentando no hacer ruido. En ese momento, era absoluta y plenamente consciente de que moriría, de que no volvería a existir, no existirían imágenes de vuelta, no existiría nada, no sentiría nada, no estaría en ningún sitio, no habría ventana ni percepción. Ni reflexiones en las sábanas. Dejaría de estar en el mundo. Y el mundo dejaría entonces de existir, porque si el mundo existe es porque yo lo veo. La obra sería inconclusa porque una vez yo no lo percibo de poco me vale que nadie continúe ningún camino. Sencillamente todo se acabaría.

En el mejor de los casos, el Universo no existe sólo por mí sino que yo tan sólo soy una de las partes que lo conforman, y entonces seguiría existiendo con otros entes y voluntades que lo observan desde sus ventanas y que influyen en su derredor. Pero en ese caso me daba en cuenta de mi pequeñez en el mundo, de mi poca importancia y de hasta qué punto había tenido una existencia corta y completamente insignificante.

En cualquier caso, la vida se me habría resbalado entre los dedos cual granos de arena. Siguiera el camino que siguiera llegaría a ese punto de vejez de repente, tal y como ayer llegué a los 22 años, olvidando muchos momentos por el camino, y por tanto desechándolos del mundo, de la realidad, del yo. Jamás volvería a sentir niñez, adolescencia, juventud, madurez, energía. Daría igual si mucha o poca gente iría a mi entierro, aunque me confortara imaginar grandes pesares tras mi existencia. De todos modos ya no existiría nada, ni mi propia ausencia.

Cuando pienso acostumbro a hablar sola, en el sentido de que mis pensamientos más que apuntes dispersos en mi mente aparecen a lo largo de un diálogo conmigo misma. No es necesario que hable en voz alta, pero sin quererlo voy encadenándolos en una reflexión. Hace relativamente poco, menos de un año, me llamé a mí misma “adolescente”. Fue un impulso, reflexionaba sobre una estupidez que había cometido, e intentaba excusarme en que, al fin y al cabo, soy una adolescente. Paré en seco y pensé que no, que no era una adolescente, ya no. Ahora soy joven, universitaria, pero no adolescente. Había dejado atrás esa etapa y apenas me había dado cuenta. Fui consciente de que los últimos cinco años parecían pasados de golpe, como en un tropezón tonto. ¿Realmente he dejado de serlo, realmente han pasado todos esos años? El futuro será igual: un día me daré cuenta de que ya no, ya no hay vida, sólo espera a la muerte, y luego ya la nada.

No es un secreto que los cumpleaños me depriman. Duele pensar que ninguno de mis actos permanecerán nunca más a etapas pasadas de mi vida. Que si algún día llega la marca que pare el tiempo ya no será a los 21, ni a los 20, ni a los 19… Tan sólo de los 22 en adelante. Y luego de los 23. Y más tarde me enfrentaré a la realidad y tendré que abortar mis planes, porque no tendrán cabida en mi vida. No podré ser la persona que quería ser. O la persona con las cosas que quería hacer. Nunca podré hablar de un gran amor adolescente, no lo sentiré con esa intensidad. Y puede que llegue de otro millón de formas, pero no de esa. La isa que era hace unos años no habrá vivido en Paris, ni hablará el lenguaje sin palabras, ni habrá jugado a no ser. Quizá lo sea la de ahora o la de después, pero nunca más la de antes. Y quizá esa pobre isa sí que quería hacer todas esas cosas. Todo eso me sumerge sin quererlo, y quizá sin razón suficiente, en una profunda pena.

No sé lo que seré mañana. No sé cuántos pasos más me serán permitidos dar. Sólo sé lo que soy hoy, sé que lo que quiero hacer y sé que no puedo confiar en el mañana, porque el tiempo es traicionero y procura brindarnos sorpresas desagradables. El equilibrio, el Ying-Yang, somos yo y el mundo, yo haciendo planes y él tramando para romperlos. Él alejándome de mi gente. Él alejándome de mi juventud y ganas. De mis seguridades. Él cambiándolo todo. Él robando vidas y sueños. Y yo volviendo a construir una y otra vez.

Hoy tengo 22 años. Ya no escribiré nada más con menos vida que eso. Y no es sólo una casilla a rellenar en un formulario. También es la pérdida de todos los infinitésimos de segundo que conformaban esos 22 años de existencia. De todos esos lugares que visité y no recuerdo. De toda la gente que me crucé y no me volví a mirar. Es la marca de todo lo que he perdido y del tiempo que se me ha robado. Es la certeza de que la nada, el fin, está segundo a segundo, latido a latido, más cerca de mí.